domingo, 13 de octubre de 2013

LA NECESIDAD DE UN INFIERNO

Competir: contender entre sí. Competencia: disputa entre o dos o más sobre algo. Los medios de comunicación repiten, en boca de nuestros gobernantes, que hemos de ser más competitivos. Y las leyes se cambian con esa finalidad. Es el empeño globalizado de las corporaciones que gobiernan el mundo y sus políticos.
Ganan muy pocos; pierden todos.
Competir es la forma de anular al otro mientras te anulas tú. De incapacitarlo mientras te incapacitas. En lo más humano.
El reino del espíritu está lleno de perdedores. Me caen muy bien: comparten, tienen historias que contar, son conscientes del olor de una manzana o del ajetreo inexorable de la hormiga. Y sonríen como diciendo: no somos hormigas ni manzanas. Bienaventurados los que se dejan ganar porque no son devorados, porque son los más libres de entre los hombres. Y, sin pretenderlo, llegan más lejos.
Intento no ser competitivo, por mucho que me lo imponga mi presidente del gobierno o sus ministros. A estas alturas de mi vida, cincuenta años, no estoy dispuesto a ver adversarios ni en mi ocio ni en su contrario. Y mucho menos en la puerta de los grandes almacenes el día de las rebajas. No, señores míos, no voy a pasar por encima de nadie. Es más, voy a procurar que me superen los que agónicamente y con la lengua fuera vayan detrás de mí. Ya han perdido demasiado tiempo y energía, demasiada vida en vuestra ilusoria carrera.
Los que manejan el cotarro no salvarán al tercer mundo de su infierno. Lo necesitan. El infierno es la más rentable fuente de recursos naturales y humanos. Pero lo precisan por algo más: como referente. Mientras nos conducen a él, lo señalan con el dedo y nos dicen: si no queréis veros así, competid, producid y no protestéis.
El infierno globalizado hará que las acciones bursátiles toquen el cielo mientras el ser humano, reducido al papel de pobre diablo, competirá y competirá hasta el final de sus días.
Recuerdo al púgil que peleaba con su propia sombra. Soñaba con ella en su lecho de muerte.
Recuerdo al niño que fui un día. El otro era yo mismo. Hasta que me enseñaron a competir.


Ricardo García Nieto