miércoles, 25 de junio de 2014

UN HÉROE SIN MÁSCARA

Hoy me he reencontrado, después de quince años, con uno de los pensadores más sugerentes que he conocido. Se llama José Alfredo González Celdrán y es una eminencia en enteogenia. El término deriva del griego: éntheos (νθεος), que significa "dios dentro", y génos (γένος), que refiere "origen, nacimiento". En otras palabras: tener a dios (un dios) dentro y nacer (renacer) por ello. José Alfredo ha rastreado, en un trabajo descomunal y sin parangón, los estados alterados de conciencia (trances proféticos, artísticos o místicos), que tienen su origen en la ingesta de plantas sagradas. Disposiciones anímicas que han dado lugar al origen de los mitos clásicos y que han influido en la génesis de muchas religiones.
Su libro “Hombres, dioses y hongos” es una obra capital para cualquier antropólogo que quiera entrever el origen de la cosmovisión occidental. Una obra bien conocida internacionalmente y, en mi opinión, carente de un merecido eco en España. Será porque en los países decadentes se ignora a los mejores, salvo que seas, claro está, de los mejores mediocres. Entonces, hasta pueden hacerte ministro.
Aquí, a los pensadores brillantes se les manosea más que se les atiende. Pero José Alfredo, que siempre supo de esta propensión española a la mezquindad, ha sido más tenaz que las circunstancias. Su labor ha sido heroica.
A veces me pregunto si los mejores llevan adentro un fuego primordial. (Éntheos. Dios dentro). Y si renacen por ello cada día a pesar de los pesares. No hay mudanza para ellos. No hay máscaras. ¿Para qué? Siempre estuvieron solos. Nuestra sociedad tiene un grave problema al dejar que se quemen en la indiferencia. ¿A qué se debe? ¿A que sus obras son tan brillantes que las pupilas políticas y financieras precisan de demasiado tiempo para acostumbrarse a lo que escriben o hacen?
Hoy me he reencontrado, después de quince años, con José Alfredo González Celdrán. Y en él he visto la huella del tiempo que él también habrá apreciado en mí. Hemos hablado de la vista fatigada sobre libros fatigados. Y de la imaginación con sus pies ya no tan ligeros.
Lo he visto y he creído. Puso su mirada en otra vida y, a costa de la suya, ha abierto caminos que nadie intuía. Eso es lo que le hace inmortal.