Un mundo donde lo bello ha sido sustituido por lo excitante, donde lo bueno ha sido reemplazado por lo necesario y donde lo justo se ha convertido en lo conveniente es un mundo de condenados.
Nos sobreponemos y seguimos caminando.
Y en el camino nos encontramos. Nuestras sombras aprenden las unas de las
otras. Nuestras huellas imprimen la gran enciclopedia de lo invisible.
Creo que me he agotado, que poco me queda por decir. Podría
escribir, por ejemplo, que hemos acampado en nuestras
urgencias cotidianas, que tenemos demasiada prisa por no avanzar y que llegamos
tarde a lo que siempre nos ha estado esperando. Pero sería reiterarme. Podría escribir que las mentiras de un gobernante
democrático son como los fusiles de un dictador. Pero sería reiterarme. ¿La
vida eterna empieza por uno mismo? Me reiteraría. Creo que ya tenemos sobrada
información sobre el desplome que se avecina. Y sobre la necesaria revolución de
nuestro interior.
Es inútil
repetir lo que ya se sabe, recordar lo que no se olvida, señalar lo evidente.
La ceguera elegida es perversa.
No tenemos
un alma; somos un alma que tiene un cuerpo. Hacemos la gran enciclopedia de lo
invisible.
Los reyes dicen que representan a su nación, pero sólo hablan en
nombre de sus políticos.
Los políticos afirman que representan a su pueblo, pero sólo hablan en
nombre de sus partidos.
Los partidos se presentan como la llave de la democracia, pero actúan
como cerraduras de la democracia.
Los bancos te prestan dinero con intereses, pero eres tú quien se lo
presta sin interés cuando abres una cuenta.
Los especuladores aseguran que invierten en tu país, pero lo hacen en
bancos, partidos, reyes y políticos.
¿Dónde quedas tú?
Aún no lo sabes, pero eres un arma de construcción masiva.
No cargues con la cruz de una moneda. Ni le pongas la cara a ningún soberano.
Nunca has tenido precio. Tu vida es la razón por la que el mundo gira. Cuando
cierras los ojos, comienza el fin del mundo.
Todo se sostiene mientras se derrumba. Lo demás es aire e imaginación.
Nuestras
neuronas imitan la partitura de los astros. Pero las palabras sólo significan
lo que quieren nuestros políticos. Y vivimos tan al día que no vemos la noche
que se cierne sobre nosotros.
Nuestro
sistema solar se mueve hacia el plano galáctico a más de nueve años luz por
segundo. Estamos viajando en el tiempo sin saberlo. Quién sabe si hacia el
"no tiempo".
Vivimos el desenlace de una novela que empezó hace millones
de años y sabemos muy bien quiénes son los villanos. Nos han mentido. Y hasta
nos ha parecido bien que lo hiciesen. Hemos aprendido muy deprisa a dejar de
respetarnos.
La música
del cielo se torna melancólica. El campo magnético de la Tierra tiene la forma
de una lágrima. Padecemos una epidemia de inconsciencia.
¿Qué ha olvidado el hombre de
nuestro tiempo? Mirar hacia el horizonte como si ya estuviese allí. Pies, ¿para
qué os quiero? Alas, ¿para qué agitaros? Para ver lo lejano hay que caer a lo
más hondo, donde los objetos pierden su forma y las personas su precio. Doctorarse
en Melancolía, en esos abismos que se abren dentrodel corazón.
Un oficial alemán declaró durante la batalla de Stalingrado:
el avance se mide en cadáveres y no en metros.
Creo que lo mismo puede decirse de los derechos humanos: su
avance se mide en muertos.
Quienes mueven los hilos en el siglo XXI están consiguiendo
lo más inverosímil: que sea el ser humano el que –allá donde los haya- se
despoje de sus propios derechos.Y
que lo haga complacida y democráticamente. Los ejemplos sobran y las almas
duermen.
Si yo pudiera recordar lo que ha de suceder, si tuviese el
don de la memoria profética, la que sólo puede atribuirse a Dios, ¿haría las
cosas como las hago? ¿Aceptaría el reto o su inexistencia? ¿Me preguntaría,
acaso, en qué me he convertido o en qué me he de transfigurar?
Si yo aceptase que todo, visible o invisible, existe y que
cada gesto, mueca o intención ha de quedarse porque lo único que no existe es
el olvido, ¿me sentiría a salvo? ¿O por salvarme quebraría las columnas de mi personalidad,
mis costumbres, mi forma de sobrevivir?
Si yo supiera que todo lo que he de hacer ya está hecho, que
estoy destinado a la fatalidad, a la imposibilidad de cambiar las cosas, ¿sufriría?
Si yo tuviese certeza de la intuición que me acompaña desde
niño: haber venido al mundo como el que se va al exilio, desterrado, arrojado
para una comprensión que es múltiple, ¿qué miedo he de tener al regreso?
Así lo destilaba Jorge Luis Borges en uno de los poemas más
hermosos de la literatura en lengua española:
Everness
Sólo una cosa no hay. Es el olvido.
Dios, que salva el metal, salva la escoria
y cifra en Su profética memoria
las lunas que serán y las que han sido.
Ya todo está. Los miles de reflejos
que entre los dos crepúsculos del día
tu rostro fue dejando en los espejos
y los que irá dejando todavía.
Y todo es una parte del diverso
cristal de esa memoria, el universo;
no tienen fin sus arduos corredores
y las puertas se cierran a tu paso;
sólo del otro lado del ocaso
verás los Arquetipos y Esplendores.
Al releerlo, uno va pasando de lo psicológico a lo visionario, de la
urgencia cotidiana al eco de lo eterno, del pan nuestro de cada día a su
porqué.
Hay algo que vive por sí mismo y que nos obliga a vivir. Podríamos
llamar a su puerta y conocer la verdad. Y quedar fulminados al contemplarla
como si un rayo nos atravesara el corazón. O podríamos esperar a que se
cumpliera la condena de nuestros días por la Tierra… Tal vez, para entonces, ya
nada podría aniquilarnos.
Creo que participo en un juego cuyas reglas desconozco, que
me faltan datos, que sólo veo pequeñas olas en el agua y no las poderosas
corrientes que por debajo se mueven. Es el mar de los rostros. Y me quedo a la
orilla. Lo mismo me pasa con las noticias que destilan los medios de comunicación: no atisbo el horizonte de sucesos, sino la calculada
conmoción que ha de producirse. Y me quedo a la orilla. Igualmente me sucede con los valores y la ética
que se propagan como un incendio sin fin. Me quedo a la orilla de ese océano de
fuego, de ese nuevo orden que habrá de calcinarnos.
Creo que participo en un juego cuyo objetivo es que
convirtamos los espejismos en leyes y las ensoñaciones en realidades cotidianas. Un juego en el que
somos adiestrados para el desconocimiento.
Cuando te sumes en la pobreza espiritual, caes en un estado
de posesión: aquello de lo que eres dueño se adueña de ti. Las cosas, las
personas, la fama y el poder te poseen. Hay momentos en la vida en los que el
cielo tuerce el gesto cada vez que lo miras. Es como morir de cuando en cuando.
¿Qué es lo que ha pasado?
El autoritarismo de las mercancías, el mesianismo de amores
que pretenden salvarte de otros amores, la avalancha de la competitividad, del mostrarse
como un señuelo para seducir, fascinar y volver a poseer… Este mundo
prefabricado que se derrumba diciéndonos que no significamos nada. Verlo es un
darse cuenta doloroso: viene como una brisa a helarte un rostro en el que ya no
te reconoces por mucho que lo intentes. Esa fotografía siempre fue para los
otros; nunca para mostrar tu verdadera naturaleza.
A veces me pregunto si hay algo más detrás de este caótico
acontecer anímico. E intuyo que sí, que en la inmensidad personal hay vientos
que ignoramos, que todo cuanto nos llega es el instrumento
de fuerzas superiores que viven por sí mismas. ¿Dioses venidos a menos? ¿Demiurgos
que buscan una segunda oportunidad? ¿Ángeles o demonios jubilados durante la Ilustración?
Quién sabe... Pudiéramos ser cada uno de nosotros, soñándonos a nosotros
mismos.
¿Qué es la muerte? Posiblemente, cuando la experimentemos,
nos demos cuenta de que estamos muy vivos, que seguimos evolucionando sin esta
pesada escafandra que llamamos cuerpo, fuera de las tres dimensiones en las que
nos movemos y en un “no tiempo” donde presente, pasado y futuro suceden
simultáneamente. ¿Quién puede demostrarlo? Nadie. Las experiencias internas que te lo advierten
no son objetivables: no es posible trasladarlas fuera
de sí para ponerlas a la vista de todos. Quien es bendecido por este poderoso trance
juega con ventaja: no necesita la loca posesión, el aferrarse a toda costa a
objetos, seres y reputaciones. El resto hemos de conformarnos con la intuición
y navegar en el caos (ese orden que no vemos).
Las ciencias (humanas y no humanas) nos dicen cómo es el
mundo; las creencias religiosas, cómo prepararnos para la muerte. Pero quizá sean los sueños los que nos avisen de cómo podría ser esa nueva vida en el
más allá, pues ¿no acaece en ellos la inmaterialidad del cuerpo, la ausencia de
dimensiones espaciales y el “no tiempo”?
Si la conciencia individual se circunscribe al mundo,
sabremos mucho del mundo. Si se adentra en lo inconsciente, conoceremos al
hombre. Y si prosigue más allá del mundo y del hombre, nos aproximaremos a lo
divino.
Escribía San Juan de la Cruz:
Yo no supe dónde entraba
pero, cuando allí me vi,
sin saber dónde me estaba,
grandes cosas entendí;
no diré lo que sentí,
que me quedé no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.
Hay ángeles caídos dentro de nosotros. Ignoran que cayeron
en el Bien porque sólo se creen lo que ven nuestros ojos.
No hay que ganarse la vida para ser un muerto; eso es
ganarse la supervivencia. Hay que ganarse la vida para mirar más lejos.
Más que hablar, se seduce. Más que mostrarse, se posa. Más
que ser, se pretende ser. Vivimos en una permanente selección de actores.
Y todos se creen su papel. Los
modelos psicológicos se han vuelto publicitarios. Y –lo peor de todo- nadie ve
a nadie como es; sino como se lo imagina. Es un problema de óptica moral o
espiritual. A veces, nos empeñamos en que las personas son como anhelamos que
sean, y les atribuimos nuestros dones. Y se convierten en objetos que queremos
poseer: es mi guía, es mi amor, es mi líder carismático. La proyección, en
cualquier caso, está abocada a la decepción: no da el perfil, no es lo que
esperaba… Y hasta puede transformarse en rabia: maldito sea, hay que acabar con él…
Hoy día, en este mundo ilusorio hecho a la medida de los
ilusos, juzgar a una persona es de lo más fácil: ni siquiera hay que pensar.
Nos basta con nuestro despecho o con la energía psíquica de quien la critica
con saña.
Cuando alguien me da una versión, tiendo a pensar en la
versión del ausente. Cuando alguien me habla mal de un tercero, suelo entreverle
la bondad sustraída. La lógica de lo cotidiano nos ayuda a discernir. Pero hay
algo más. Igual que la gacela huele al tigre sin verlo, podemos presentir el
mal que se nos procura. O las liturgias que a nuestra costa se hacen en el lado
numinoso de la existencia. Nuestra vida psíquica es más grande de lo que nos figuramos.
La venganza siempre es contra uno mismo. Los malos deseos
hieren el alma propia antes que la dignidad o la piel ajena.
La vida es una oportunidad para que cada cual afronte su
destino. No se puede perder truncando el de los demás.
Si yo crease un mundo en el que imperase el Mal, me sentiría
muy culpable y haría cualquier cosa –hasta convertirme en un Cristo- para bajar
a ese orbe mío y redimirlo. ¿Para qué engañarme? Es lo que hago en cada novela
que escribo: me encarno, ungido, en uno o varios personajes, salvo mi mundo y
me salvo yo. Ojalá fuese tan fácil obrar así en la realidad de cada día, de la
que no somos creadores… ¿O sí?
Hay quienes venden su alma al diablo para llegar al reino de
los cielos. Los veo cada día: subastan humo y compran arena. En literatura,
todos los diablos son impostores, y en la vida cotidiana, pobres, muy pobres
diablos. Por eso hay que tener mucho ojo con lo que no vemos: al verdadero
inframundo se llega por nuestros corazones. Por allí se cuela la más alta
bondad y el más radical de los males.
Cuando Hannah Arendt acuñó el concepto de “banalidad del mal”,
hacía hincapié en el “no pensar” de los asesinos nazis que, como Eichmann,
cumplieron con sus obligaciones administrativas: llevar a los judíos a los campos
de concentración. No pensaban en las consecuencias de lo que hacían.
Sabersefuera
del territorio te hace pisarlo con más fuerza. Ser consciente de tus pies en el
barro te hace ver más allá de las estrellas. Desde niño tengo la sensación de
que hemos sido arrojados sobre el mundo. Caídos por alguna razón y con algún
objetivo. Es una intuición que adquiere carácter de certeza personal tras
algunas experiencias que ahora no vienen al caso.Como escribió Rilke, haber sido terrestre es irrevocable. Y
lo definitivo es que estamos aquí: escribiendo en el teclado y leyéndonos en una
pantalla, latiendo, respirando, imaginando… Dejando que el inconsciente haga su
trabajo. Sí, ese océano interior que llamamos inconsciente. Sigmund Freud lo
vació de lo numinoso y sagrado para llenarlo con lo sexual, y así hacerlo
relativamente mensurable. Y se convirtió en el dogma de los adiestramientos a
los que la masa ha sido sometida durante el pasado siglo. Apelando a las
emociones más primarias, la publicidad ha hecho sus negocios, la propaganda sus
hijos y la política sus esclavos. Sólo así puede explicarse un fenómeno como el
nazismo. En una de sus últimas cartas, Jung escribió al respecto: “Todavía no
nos damos cuenta de que cuando un arquetipo se encuentra inconscientemente
constelado, y no es comprendido conscientemente, estamos poseídos por él y
forzados a cumplir fatalmente su destino”.
¿Cuál es el arquetipo que ahora opera desde dentro de
nosotros sin que lo sepamos? ¿Acaso nos hemos asomado a verlo? Hay que ser muy
valiente para sentir el miedo que provoca. La sangre se hiela cuando te aproximas a él.
Es la gran prueba iniciática de nuestra vida. Y podemos
pasarla a cualquier edad: de adolescente o de anciano. Pero si la obviamos, si
queremos permanecer confortablemente en nuestras vidas, ese habitante
desconocido nos poseerá hasta convertirnos en fanáticos, consumistas
compulsivos, coleccionistas de amores o extravagantes recolectores de personas
o cosas. Así está el mundo.
Carl Sagan –cito de memoria- decía que el ser humano era la
forma que tenía el cosmos de ser consciente. Para la tradición alquímica, “el
hombre debía terminar la obra que la naturaleza ha dejado incompleta”.
Quizá por eso estamos aquí, quizá para eso hemos de ser
libres.
Estamos a mitad de camino entre las bestias y los ángeles,
entre la zoocracia y los espíritus más puros. A lo largo de nuestra vida, nos
movemos entre ambos polos. A veces ascendemos desde la animalidad a la pureza
de conciencia; a veces descendemos para volver a elevarnos. La inercia, en
cualquier caso, siempre es hacia arriba. A no ser que nos obstinemos en tocar
fondo.
Regresamos y encontramos lo que siempre buscábamos; releemos
un libro veinte años después y descubrimos tesoros que nos pasaron inadvertidos
en la primera lectura; jugamos con los niños y hallamos la sabiduría que hemos
perseguido durante decenios de estudio. Pero siempre logramos lo que debíamos alcanzar.
Ni más ni menos. La imaginación pone metas que las emociones acercan
o alejan engañosamente. La realidad siempre es otra. Y mucho más hermosa si la miramos
con el corazón limpio. Los errores nos hacen mejores si no nos empeñamos en
repetirlos. No hay batalla que dure toda una vida. Vencemos al ser vencidos.