domingo, 27 de junio de 2010

EL REINO DE LA CANTIDAD




En la obra de Luciano de Samósata, “Diálogos de los muertos”, Caronte advierte que su barca está carcomida y hace aguas por muchos sitios. Y pide a los viajeros que se libren de todo peso, que suban desnudos, sin prendas ni equipaje. Pero va más allá: al atleta le pide que se libre de sus excesivas carnes y músculos; al seductor, de la hermosura de sus labios; al tirano, de su soberbia… Ni siquiera se salvan los políticos: el orador que embauca es despojado de su vanagloria, de su charlatanería, de su frivolidad, de su desvergüenza, de su mentira y de su prepotencia. La lección es clara: toda aureola tiende a deshacerse y toda vanidad de la ambición humana no es más que una sombra. Quienes viven de la cantidad viven de la perdición. Atesorar objetos, dividendos, votos, amores consumados, títulos y libros en cualquier biografía escrita o por escribir es como ponerse medallas de arena. Suma y sigue, no pares, llena tu espacio y el de los demás hasta que no quepas ni siquiera tú mismo.
El reino de la cantidad es efímero aunque se prolongue generaciones. Sus reyes y vasallos apenas cuentan con unas decenas de años sobre un planeta injusto para gozar o creer que gozan de la cantidad y su torpe prestigio. Quienes viven en ese reino caminan hipnotizados sobre su propia sombra, con el sol siempre por detrás. No hay nada oscuro en ella hasta que tropiezan y caen. Y comprueban su dureza. Olvidan que no hay gramo, centímetro o cifra que puedas llevarte en la hora señalada. No hay currículum que resista; no hay sangre azul que aguante; no hay popularidad o riqueza que no se esfume cuando su dueño cierra los ojos por última vez. Como una tormenta hacia el más allá, empuja el amor que dimos un día.


Ricardo García Nieto