domingo, 1 de diciembre de 2013

LO QUE HA DE VENIR

Lo mismo que las olas contra el arrecife, los gobiernos, los amorosos flechazos, las leyes o los placeres y trastornos, vienen, se topan con la realidad y se van. El niño es mucho más perenne. Incluso cuando deja de serlo. Cuando nos mueve un frenesí, algo va a pasar. Y no como consecuencia de él, sino porque el alma, que es como el niño, se adelanta a los hechos. Después vendrán las consecuencias.
Hace un mes que llevo escribiendo frenéticamente. Algo me lleva. Es un indicio claro: este hervidero de pensamientos es un regalo o una herencia. Algo va a pasar. Y no por lo que escribo, que tendrá o no sus efectos, sino porque el alma se antecede, porque el alma ha de dejar su huella con antelación. No soy el único. Ni mucho menos. En nuestro pequeño mar individual, atamos cabos, soltamos velas, damos golpes de timón, buscamos un rumbo… En el océano colectivo, somos conducidos por un entusiasmo. Creemos que respondemos a algo cuando lo que hacemos es adelantarnos. Algo va a pasar. La corriente que nos lleva todavía no ha alcanzado su apogeo. Quién sabe, hasta pudiera ser su esplendor.
El hambre de plenitud podría asemejarse a la de pan. La de pan o justicia es más orgánica, exige giros bruscos, respuestas rápidas. Pura supervivencia. La de plenitud se parece más a los movimientos de un niño en sus juegos. Se trasciende al juguete, la alfombra o el gato que pasaba por allí. Pero es igual de tenaz a la par que menos espectacular. Es lo que te pasa con el teclado o los gestos cuando le hablas a los tuyos, cuando miras un precio o cortas un lirio. Algo está procurando que sea distinto. Tu mano está cambiándolo todo. Se está adelantando a grandes acontecimientos. No se adapta a los hechos consumados por mequetrefes y miserables. Les está avisando.
Daré un pequeño rodeo. Heráclito, en su fragmento 22, escribió: “los perros, de cierto, ladran a quien no conocen”. Cervantes, que era tan culto como genial, jamás escribió el “ladran, Sancho, luego cabalgamos”. Esta frase no aparece en el Quijote. Pero la utilizan los políticos para dárselas de lo que no son: ni cultos ni geniales. Fue Goethe en 1808, en su poema “Ladrador” quien escribió: “Pero sus estridentes ladridos sólo son señal de que cabalgamos”. Reproduzco el poema en mi propia versión:

"Cabalgamos por todos los lugares
en busca de fortuna y de placeres;
pero siempre nos ladran desde atrás,
nos ladran y nos ladran de entusiasmo.
Los perros del potrero desearían
acompañarnos siempre,
mas sus ladridos estridentes
tan sólo nos dirán que cabalgamos".

Ladrar a quien no conocen es un indicio. Ladrar a quienes cabalgan otro. Avanzar a pesar de los ladridos es una cosa. Y tener la certeza de que avanzamos porque nos ladran es otra.
¿Hay perros que nos ladran cuando cambiamos el mundo? Debiéramos decir que sí. No porque nos persigan para darnos caza. Sino porque desearían seguirnos en esa aventura. La naturaleza, en este caso, nos estaría hablando a través de los perros de la misma forma que el Cosmos se habla a sí mismo través de nosotros.
Dejamos un rastro frenético: huellas, ladridos, polvo en el camino. Son los presagios de que nuestras almas avanzan, que se adelantan al paisaje que habremos de encontrar. Vamos por el buen camino. Cuando alcancemos la libertad –y todavía no sabemos el precio de la misma, aunque sí su valor-, nos sentiremos plenos.
Pero hay algo de melancólico en la certeza de que el alma te está dejando un regalo o una herencia. Algo que frisa un “se acabó” personal. Saberse, individualmente, abocado a un acontecimiento que aún no conoces es como la intuición de una enfermedad, un acabamiento, un proceso de muerte cuyo renacimiento ignoras. La vida misma lo es. Nietzsche nos hablaba del vivir y del morir como de un ciclo, en el que se repetirán los acontecimientos, las ideas y sentimientos. Un nuevo despertar en el que podrás elegir volver a vivirlo todo sin miedo. Las mismas cosas. ¿Cuánto temor hemos acaudalado en esta vida? ¿De cuánto nos tendremos que librar en la próxima?
Lo mismo que las olas contra el arrecife, ladrando a su manera, la vida se nos va hacia la esperanza que nunca debimos perder.
Siento el cansancio en cada articulación. Ha cambiado el tiempo. Los pajarillos del tendido eléctrico buscan algo en los bolsillos de sus plumones. Una luz sincera los roza. El cielo lo supo antes. 

Ricardo García Nieto